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LA FRONTERA NORTE COMO REPRESENTACIÓN Y REFERENTE CULTURAL EN MÉXICO

Gilberto Giménez

 

El artículo discute el concepto de frontera y de “franja fronteriza” como parte de una teoría del territorio, abordándolo principalmente bajo el ángulo de las representaciones sociales. La frontera norte, en particular, ha sido y es objeto de representaciones encontradas si consideramos la población mexicana, por un lado, y la población angloamericana, por otro. El trabajo analiza, finalmente, los primeros resultados de una investigación empírica sobre la representación de la frontera norte entre jóvenes estudiantes de diferentes regiones culturales del país. Esta investigación, que utiliza la técnica de “mapas mentales”, revela, por una parte, la percepción de una frontera cerrada, trágica y conflictiva; pero también lo que algunos llaman “tropismo del norte”, es decir, la extraña fascinación que ejerce el norte fronterizo sobre la imaginación y los sueños de los jóvenes mexicanos.

Palabras clave: territorio, frontera, representaciones sociales, comunidades transnacionales, mapas mentales.

Abstract: This article is about the concept of border-line and border-areas as part of a theory of territory, focusing from the perspective of social representations. The Mexican North Frontier has particularly been subject to opposite representations if we consider, on one hand, the Mexican people and, on the other, the anglo-americans. Finally, the paper analyses some issues of an empirical investigation about the representation of the northern borderline among Mexican students from various parts of the country through the “mental maps” method. This investigation reveals the perception of the border as a closed, tragic and conflictive space, but also reveals the strange fascination, sometimes called “northern tropism”, that the border-areas exert upon the imagination and dreams of young Mexicans.

Résumé: Il s’agit d’analyser les concepts de frontière et de frange frontalière en tant que faisant partie d’une théorie du territoire, principalement sous l’angle des représentations sociales. La frontière nord du Mexique avec les Etats-Unis, a fait et continue de faire l’objet de représentations opposées de la part des mexicains, d’un côté, et des angloaméricains de l’autre. Finalement, le travail analyse les premiers résultats d’une recherche portant sur la représentation de la frontière nord chez les étudiants de différentes régions culturelles du Mexique. En s’appuyant sur la technique des « cartes mentales » cette recherche révèle, d’une part, la perception de la frontière comme étant fermée, tragique et conflictuelle et, d’autre part, ce que certains auteurs appellent le « tropisme du nord », c’est-à-dire une étrange fascination sur l’imagination et les rêves de la jeunesse mexicaine.

 

Territorio y frontera

Esta comunicación se propone abordar la problemática de la frontera norte desde el punto de vista de la percepción y de la representación social, bajo la hipótesis de que la frontera realmente existente y operante es la frontera representada y vivida (a veces contradictoriamente) por los actores sociales situados de uno y otro lado de la misma.

Nuestra primera tesis establece que el concepto de frontera forma parte de una teoría general del territorio y es indisociable de la misma. En efecto, si definimos el territorio como...

 

... espacio apropiado, ocupado y dominado por un grupo social para asegurar su reproducción y satisfacer sus necesidades vitales, que pueden ser materiales o simbólicos (Raffestin, 1980),

 

... surge naturalmente la necesidad de delimitar ese espacio por medio de fronteras para controlar su acceso y separarlo de otros espacios igualmente apropiados y ocupados. Por eso, siempre según Raffestin, los ingredientes primordiales de todo territorio son tres: la apropiación de un espacio, el poder y la frontera.1 Y una de las prácticas fundamentales de producción territorial es precisamente la delimitación de fronteras hacia fuera y la división y subdivisión del espacio interior en diferentes escalas o niveles (v.g., delimitación de espacios municipales, regionales, provinciales, etcétera). Sack, por su parte, define el territorio como

 

... la tentativa por parte de un individuo o de un grupo… de influenciar o controlar a personas, fenómenos y relaciones mediante la delimitación y la afirmación del control sobre un área geográfica. Esta área es lo que llamamos territorio (1986: 6).

 

El concepto de frontera

Pero, ¿qué es una frontera? Desde el punto de vista geopolítico puede definirse inicialmente como “línea de separación y de contacto entre dos o más Estados” (Lacoste, 1995: Préambule). Debe advertirse, sin embargo, que para hablar propiamente de frontera tienen que existir una discontinuidad, una ruptura o una cesura entre dos espacios. Lo que frecuentemente significa también una ruptura o cesura entre dos modos de organización del espacio, entre dos sistemas de redes de comunicación, entre dos o más sociedades diferentes y, a veces, antagonistas (Baud et al., 1997: 141). Por eso no son “fronteras”, sino límites, las divisiones y subdivisiones político- administrativas en el interior de un territorio nacional, como son los límites de los estados dentro del sistema federal mexicano, o los límites de los departamentos en Francia. La discontinuidad que caracteriza a una frontera puede ser no sólo territorial, sino también económica, lingüística, cultural y hasta religiosa. Por eso hablamos de fronteras económicas, de fronteras lingüísticas y de fronteras culturales, que pueden coincidir o no con las fronteras geográficas.

Se ha afirmado con frecuencia que la génesis de las fronteras está ligada con la emergencia del nacionalismo. En efecto, son los valores asociados a la representación geopolítica de nación los que se proyectan sobre la frontera, que de este modo queda sacralizada como un umbral intransgredible e inviolable, salvo previo sometimiento, de uno y otro lado, a controles rígidos y a ritos político-administrativos de tránsito.

Pasemos por alto una serie de distinciones, como las que se dan entre fronteras marítimas (las famosas 200 millas) y fronteras terrestres, o entre fronteras internacionales y fronteras interiores. Pasemos también por alto la tipología de las fronteras internacionales en razón de su génesis: fronteras históricas (Europa), fronteras coloniales (generalmente rectilíneas e irrespetuosas de las fronteras lingüísticas, culturales y religiosas preexistentes), y “fronteras naturales” (tan popular en la época de la Revolución francesa y, más recientemente, en la época del nazismo alemán so pretexto de la necesidad de un “espacio vital”).

Detengámonos, en cambio, en la distinción fundamental entre frontera propiamente dicha (“border”), que no es más que la línea divisoria que separa dos o más Estados y provista de aduanas y otras formas de control de acceso, y la franja fronteriza (“border areas”, “border of nations”, “espace frontalier”) que se abre de uno y otro lado de la primera en forma longitudinal, prolongándose hacia el interior de cada espacio nacional con profundidad variable aunque sin límites precisos (Machado, 2005: 260). La frontera es simplemente una línea político-administrativa que se mide en términos de longitud, pero no de anchura. La franja fronteriza, en cambio, es un territorio. Ambas nociones son, por supuesto, indisociables, pero constituyen conjuntamente el marco de lo que podríamos llamar fenómenos fronterizos.

Zona fronteriza y franjas fronterizas, según Machado (2005: 260).

La distinción apuntada permite disipar confusiones y plantear con mayor nitidez la problemática fronteriza, sobre todo si se la aborda desde el ángulo de la percepción. En efecto, una cosa será la percepción de la frontera concebida en términos lineales, y otra cosa la percepción que tienen de su propia zona fronteriza aquellos que la habitan, o también la percepción que tienen los habitantes del interior de los “fronterizos” y su zona (el norte, los “norteños”). Ciertos problemas sólo son pertinentes en relación con las fronteras lineales. Por ejemplo, las fronteras pueden abrirse o cerrarse por decisión de las autoridades de uno u otro lado, generalmente por iniciativa del lado más desarrollado. Las fronteras abiertas facilitan los flujos económicos y culturales, propician el pendularismo cotidiano entre las zonas fronterizas de uno y otro lado, y estimula la creación de organizaciones transfronterizas, como las que existen entre regiones francesas, belgas, alemanas y el pequeño Estado de Luxemburgo en Europa. Las fronteras cerradas, en cambio, desactivan y paralizan el intercambio económico y cultural, y convierten a una de las zonas fronterizas, generalmente del lado más desarrollado, en zonas de alta vigilancia policial o militar, con lo cual la zona menos desarrollada deja de ser un lugar de dinamismo productivo, para convertirse tendencialmente en una simple periferia natural. Un ejemplo paradigmático de lo que significa una frontera cerrada ha sido la “cortina de hierro” tendida por los países comunistas de Europa en la época de la “guerra fría”; y, en nuestros días, la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur, fuertemente militarizada en ambos lados (Baud et al., 1997: 144).

Los problemas específicos de las franjas fronterizas suelen ser un tanto diferentes, aunque siempre relacionados, como es obvio, con la situación geopolítica de la frontera lineal en un momento determinado. Podríamos hablar, por ejemplo, del tipo de ocupación de dicha franja, que puede asumir formas muy diversas en función de intereses económicos o políticos de los países concernidos; o también del mayor o menor grado de integración de su economía con la de la franja de enfrente (caso de las maquiladoras en la frontera mexicana-americana). Hubo una época en que las zonas fronterizas eran todavía espacios marginales escasamente poblados, lo cual dio origen a la idea de “confín”, es decir, de un espacio situado en los márgenes, “lejos de todo” y totalmente disociado del desarrollo económico y cultural del país. Tal fue el caso de la “frontera norte” de México en el siglo XIX.

El territorio como representación

J. Bonnemaison (1981: 249-262) distingue tres niveles del territorio que hoy estudian los geógrafos: 1) el territorio estructural y objetivo representado en los mapas y estudiado por la geografía física; 2) el territorio vivido y subjetivado, que estudia la geografía de la percepción; y 3), el territorio cultural concebido como lugar de una escritura geo-simbólica.2

Detengámonos en el segundo nivel, que es el de la geografía de la percepción. En este caso se pasa, por así decirlo, de una realidad territorial “externa” aparentemente inmutable e igual para todos (= el primer nivel), a una realidad territorial “interna” y no visible, (aunque coexistente con la primera), filtrada según modos diversos por quienes la viven. Es decir, se pasa al territorio representado internamente por los actores sociales e incorporado a su sistema de valores, sea en términos instrumentales, sea en términos simbólicos.

La tesis central a este respecto puede formularse del siguiente modo: todo individuo tiene una representación simbólica de su territorio, la cual prescinde de la totalidad y de la analiticidad de los elementos que lo constituyen, pero los resume en pocos y vigorosos rasgos, suficientes para orientar sus decisiones. En efecto, como toda representación social, la representación social del territorio opera como guía potencial de las prácticas y de las decisiones territoriales. Los geógrafos de la percepción explican de este modo ciertas decisiones, como la transferencia de la propia residencia, el abandono de la vivienda rural aislada y la tendencia a la inurbación y a la concentración de la población. como son las fronteras. de las estrategias.” (Lacoste, 1995: Préambule). diseños de diversa índole, sino también en el sentido teatral: y a una situación dramática (ibíd.)

El concepto de representación desempeña, entonces, un papel determinante en la teorización del territorio y, por lo tanto, de las fronteras que lo delimitan. No es una casualidad que este concepto haya llegado a ocupar un lugar central en la nueva geopolítica representada, entre otros, por Yves Lacoste (1995). A grandes rasgos, la geopolítica, en tanto que ciencia, se propone analizar las rivalidades territoriales entre diferentes tipos de poderes, sea que el territorio en disputa revista interés por sí mismo, es decir, por razones estratégicas, económicas o simbólicas; sea que constituya sólo un campo donde se confrontan influencias rivales. Según Lacoste, las rivalidades entre poderes (oficiales u oficiosas) no se desarrollan solamente entre dos o más Estados, sino también en el interior de numerosos Estados que abrigan a pueblos o grupos minoritarios que reivindican sus derechos históricos, su autonomía o, a veces, su independencia. Ahora bien, la rivalidad entre poderes supone que sus actores principales (jefes de Estado, líderes regionalistas, autonomistas, independentistas, etcétera), tienen ideas diferentes y contrapuestas acerca del territorio en disputa o de algunos de sus componentes, como son las fronteras.

 

El papel de las ideas —dice Lacoste—, incluso cuando son erróneas, es capital en geopolítica, ya que ellas explican los proyectos y determinan —juntamente con los datos materiales— la selección de las estrategias.” (Lacoste, 1995: Préambule).

 

Pues bien, “a estas ideas geopolíticas las llamamos representaciones” —concluye nuestro autor. Y las entiende no sólo en el sentido de “hacer presente” la realidad territorial en la mente o en mapas y diseños de diversa índole, sino también en el sentido teatral:

 

La representación —nos dice— es el acto por excelencia del teatro, el acto que presentifica simbólicamente a determinados personajes y a una situación dramática (ibíd.)

 

La teoría de las representaciones sociales procede de la sociología de Durkheim y ha sido recuperada por la escuela francesa de psicología social, bajo el liderazgo de Serge Moscovici (1961). Se trata de construcciones socio-cognitivas propias del pensamiento ingenuo o del sentido común, y pueden definirse como “conjunto de informaciones, creencias, opiniones y actitudes a propósito de un objeto determinado” (Abric, 1994: 19).

Constituyen, según Denise Jodelet (1989),

 

... una forma de conocimiento socialmente elaborado y compartido, que tiene una intencionalidad práctica y contribuye a la construcción de una realidad común a un conjunto social (p. 36).

 

El presupuesto subyacente a este concepto puede formularse del siguiente modo:

 

No existe una realidad objetiva a priori; toda realidad es representada, es decir, apropiada por el grupo, reconstruida en su sistema cognitivo, integrada a su sistema de valores, dependiendo de su historia y del contexto ideológico que lo envuelve. Y esta realidad apropiada y estructurada constituye para el individuo y el grupo la realidad misma (Abric, 1994: 12-13).

 

Así entendidas, las representaciones sociales no son un simple reflejo de la realidad, sino una organización significante de la misma que depende, a la vez, de circunstancias contingentes y de factores más generales como el contexto social e ideológico, el lugar de los actores sociales en la sociedad, la historia de los individuos y de los grupos, y en fin, los intereses en juego.

Aplicando esta teoría a la representación social del territorio, vale la pena resaltar los siguientes puntos, que son otras tantas hipótesis en la materia que nos ocupa:

1) Las representaciones que tienen por referente el territorio o sus elementos componentes, como son las fronteras y las franjas fronterizas, no son representaciones neutras, sino representaciones constructivas que confieren un valor simbólico añadido, es decir, un significado social, a la geografía física de un lugar.

2) Estas representaciones son socialmente compartidas, y resultan de la interacción social con el medio-ambiente físico.

3) Las representaciones del territorio tienen una eficacia propia en la medida en que orientan las actitudes y las prácticas territoriales de los actores sociales.

4) Las representaciones del territorio revisten, por lo general, un carácter socio-céntrico, es decir, sirven a las necesidades, valores e intereses de los individuos y de los grupos.

5) Por último, no debe subestimarse la participación de los medios masivos de comunicación en la construcción de las representaciones territoriales.

La frontera norte

Históricamente hablando, la mayor parte de las fronteras resultan de sus relaciones de fuerza en cierto momento de su historia, lo que ha sido precisamente el caso de los 3.000 kilómetros de frontera que nos separan de los EE.UU., a propósito de los cuales todavía no se han extinguido del todo las rivalidades y los rencores históricos.3 Y es precisamente aquí, en esta frontera, donde se revela con gran nitidez el carácter dual de toda frontera como línea de separación y a la vez de contacto. En efecto, por un lado la separación territorial se ve reforzada del lado americano por una drástica política de stop destinada a regular la movilidad y a controlar por todos los medios, incluido el electrónico, el flujo de migrantes hacia el territorio de la Unión Americana; y por otro se trata de una frontera fuertemente integrada desde el punto de vista económico y comercial, no sólo por efecto del Tratado de Libre Comercio, sino sobre todo a través del sistema de los “twin plants” por el que se implantan establecimientos industriales gemelos de uno y otro lado de la frontera: oficinas de administración y de gestión del lado americano, y maquiladoras del lado mexicano. Las ciudades fronterizas de ambos lados parecen haberse desarrollado siguiendo el mismo esquema de pares gemelos: Mc Allen-Reynosa, Laredo-Nuevo Laredo, El Paso-Ciudad Juárez. Esta configuración ha convertido la zona fronteriza en una de las regiones más dinámicas de México, a las que también deben gran parte de su prosperidad actual el sur de los Estados Unidos.

Desde el punto de vista cultural, las zonas fronterizas conformadas a uno y otro lado de la frontera lineal entre Mexico y Estados Unidos han sido descritas como zonas de culturas híbridas y desterritorializadas, donde campea una cultura mestiza hecha de mexicanidad y de “American way of Life”. En un número consagrado a la “desconstrucción de la frontera mexicana”, los editores de la revista Issues (1998) desarrollaban esta idea del siguiente modo:

 

La frontera flotante es un espacio social de hibridización cultural, un espacio en el que la propia identidad se transforma vertiginosamente de acuerdo a las perspectivas heredadas y a las fuerzas cambiantes que afectan a la realidad social. Durante casi dos siglos, mexicanos y norteamericanos se han entremezclado a lo largo de la frontera y han producido una cultura híbrida y flotante que, parafraseando a Homi Bhabha [...], no es ni mexicana ni americana, sino más bien mexicana y americana al mismo tiempo.4

 

Podemos reconocer fácilmente en este texto dos de las metáforas claves que suelen recurrir obsesivamente en el discurso llamado “posmoderno” sobre la situación cultural de nuestro tiempo, de Lyotard (1979) a David Harver (1990) y, entre nosotros, Néstor García Canclini (1989): la de la fluidez (que se opone a lo viscoso y poco moldeable) y la de la hibridización (que se contrapone a lo genéticamente puro).

Se trata de una representación de la frontera norte, a primera vista muy plausible y próxima al sentido común. Pero desde el punto de vista científico es una representación errónea. En efecto, lo que los antropólogos y otros estudiosos (Kearney 1991; 1996) han encontrado en la frontera norte y sus franjas adyacentes no es la hibridación, sino la multiculturalidad, una multiculturalidad abigarrada que comporta la multiplicación de los contactos entre culturas diferentes, pero sin que ello implique necesariamente la alteración substancial de la identidad de sus portadores; no la “desterritorialización”, sino la multiterritorialidad característica de las culturas de diáspora (Hausbaert, 2000: 354) que desbordan la frontera geográfica y se dispersan hacia el interior del territorio norteamericano, transportadas por los flujos incontenibles de la migración laboral (“labor migration”). Por eso los antropólogos hablan hoy de “comunidades transnacionales” (Kearney, 1998) o, como nosotros preferimos, de “situaciones de diáspora”, lo que implica la vinculación permanente de los grupos emigrados con sus lugares de origen a través de múltiples redes o circuitos de comunicación.5 Según Chivallon (1999), estas redes o circuitos son conservadores de identidad y de memoria, y favorecen la recomposición del lazo comunitario a través de la dispersión y por encima de las fronteras territoriales.

Lo dicho significa —como apunta Kearney (1991)— que la frontera norte, en el sentido geográfico y lineal del término, ya no coincide con las fronteras lingüísticas y culturales. El empuje incontenible de la migración ha desplazado y multiplicado dichas fronteras hacia el interior del territorio norteamericano, con evidentes implicaciones geopolíticas. En efecto, la población nativa anglo-americana percibe esta irrupción como una verdadera invasión extranjera —la invasión de los “aliens”—, y hablan de una “reconquista latina” (“a latin reconquest”) de los Estados fronterizos del Sur (California, Texas, Nuevo México). Según Kearney, esta “representación” de los problemas fronterizos, que es muy corriente en la gran prensa norteamericana, ha tenido por efecto colocar a la defensiva al nacionalismo de los blancos. Se habría producido un desplazamiento, de un nacionalismo de expansión y dominación, a un nacionalismo defensivo provocado por el sentimiento de la pérdida de control de la frontera sur.6 Esto explica el actual endurecimiento de la política de stop norteamericana en la zona fronteriza, lo cual implica no sólo la militarización de la misma, sino también el proyecto de construcción de un muro a lo largo de la frontera, todo lo cual evoca irresistiblemente el modelo de la “cortina de hierro” de los países europeos comunistas en la época de la guerra fría.

La representación de la frontera norte: avances de una investigación empírica desde la psicología social

Para ilustrar las hipótesis ya adelantadas sobre la representación social del territorio —incluidas sus fronteras— como proceso activo de construcción de significados, resumiremos a continuación los resultados preliminares de una investigación (en proceso) realizada por Alfredo Guerrero Tapia (2006), alumno del posgrado de Psicología de la UNAM, precisamente sobre esta problemática. Estos resultados fueron presentados en un reporte preliminar titulado Mapas imaginarios de México.7

No es nuestra intención resumir la totalidad de los resultados referidos en este reporte, sino sólo los atinentes a la representación de las fronteras.

La metodología empleada es la de los “mapas mentales”. Esta metodología se procesa a través de un cuestionario evocativo que se aplica por pasos sucesivos:

1) solicitar que el sujeto interrogado esboce el mapa de los contornos morfológicos del territorio mexicano;

2) solicitar que los mismos inserten en el mapa así diseñado dibujos de objetos y elementos icónicos que consideren dispersos en el territorio mexicano, relacionándolos con los lugares que les corresponden;

3) solicitar que los sujetos identifiquen o reconozcan por escrito los objetos y elementos icónicos dibujados, su grado de importancia y la razón de su inserción en diferentes lugares del mapa de México.

El instrumento así diseñado se aplicó a una muestra (no estadística) de 350 estudiantes de primer ingreso en instituciones de educación superior distribuidos en cuatro regiones culturales de México: norte, centro, sur y sureste.

En lo que respecta a la representación de las fronteras desde diferentes regiones, los resultados son significativos.

En primer lugar, en los mapas mentales obtenidos por Guerrero se manifiesta un fuerte contraste entre los objetos y elementos icónicos dibujados en relación con la frontera norte y la frontera sur. Así, mientras a la frontera norte se asocian dibujos de barreras, murallas, cruces y acciones o acontecimientos relacionados con la migración (el sueño americano), la violencia, la muerte y la drogadicción —todo lo cual implica la representación de una frontera cerrada y conflictiva—; la frontera sur aparece, en una proporción significativa de casos, como una frontera literalmente abierta, sin línea divisoria alguna, como si hubiera una continuidad sin rupturas ni cesuras entre el territorio mexicano y los territorios colindantes hacia el sur (Guatemala y Belice). Lo interesante es que este contraste aparece en un porcentaje importante de los mapas mentales de los estudiantes de las cuatro regiones, lo que sugiere que se trata de una representación ampliamente compartida.

En segundo lugar, en los mapas mentales se observa una gran concentración de dibujos iconográficos, por más de que éstos sean contradictorios (por un lado signos que expresan violencia, migración, drogas, militarización, etcétera, pero por otro lado signos que se refieren al “sueño americano”) en la frontera norte; mientras que la frontera sur aparece, en un número significativo de casos, como un espacio vacío, casi totalmente desprovisto de dibujos y símbolos iconográficos. Este segundo contraste puede interpretarse —según Guerrero— como reflejo de los momentos que está viviendo México en su relación fronteriza con los Estados Unidos y de la gran difusión de los mismos en los medios de comunicación, pero también revela lo que algunos denominan “tropismo del norte”, es decir, la atracción —rayana en la fascinación— que ejerce y ha ejercido siempre el norte fronterizo sobre la imaginación y los sueños de los mexicanos. En este caso, nos dice Guerrero, la frontera norte funciona como un “atractor imaginario”, es decir, como un “atractor mental”: el recuerdo y la imaginación son atraídos hacia el norte del país. El autor ya citado nos recuerda que durante el año 2005, los ingresos que obtuvo el país por motivo de las remesas que envían los trabajadores mexicanos, fueron de alrededor de 20 mil millones de dólares. La frontera sur, por su parte no contiene cargas afectivas. Si se la representa como una frontera abierta y vacía es precisamente porque no se establecen grandes distinciones con relación al paisaje, la naturaleza, la cultura y la historia.

Este segundo contraste que acabamos de señalar no sólo aparece en los mapas mentales de los que habitan en la región norte y centro de la República, sino también en los de los que viven más cerca de la frontera sur, como son los estudiantes del sur y del sureste. Este dato también sugiere que se trata de una representación ampliamente compartida.

En tercer lugar, una característica de la representación social del territorio y, particularmente, de la frontera norte es, siempre según la interpretación que hace Guerrero de los resultados de su trabajo, lo que podría llamarse “presentismo”. El concepto ha sido retomado de Castoriadis (2004), quien sostiene que las sociedades contemporáneas se caracterizan por vivir en el presente, en un presente de inmediatez. En efecto, hemos visto que también se asocian a la frontera norte signos iconográficos alusivos a hechos y sucesos muy actuales, como son los intentos cotidianos de cruzar la frontera (con o sin éxito), la violencia en las ciudades fronterizas y el tráfico de drogas. Significativamente, uno de los iconos más recurrentes es el que alude a “las muertas de Juárez”, es decir, los asesinatos en serie de mujeres en la ciudad fronteriza de Juárez.

Este “presentismo” pone de manifiesto, según Guerrero, el papel capital de los medios masivos de comunicación en la construcción de las representaciones sociales. En efecto, los hechos y sucesos graficados en los mapas son los que han tenido o tienen todavía gran difusión en dichos medios. Por lo demás, esta conclusión se desprende de las mismas respuestas de los sujetos interrogados a los cuestionarios. En efecto, cuando se les pregunta: “¿Por qué cree usted que todo eso es México?”, la mayor parte de las respuestas son de este talante:

— Porque es lo que veo en televisión y en las noticias.

— Porque veo las noticias en la tele, periódicos, y he viajado.

— Porque es lo que vemos todos los días en las noticias, libros, revistas, reportajes y comentarios.

— Porque es lo que nos pintan los noticieros, etc., etc.

Colofón: la representación de la frontera norte en la literatura.

Resulta tentador concluir esta comunicación con una breve alusión a la representación de la frontera norte en la literatura. En efecto, la literatura tiene a veces la virtud de aproximarnos mejor a la realidad socio-cultural que ciertos ensayos llamados “posmodernos”, en realidad más evocativos y sugerentes que analíticos y científicamente fundados.

Según Santiago Vaquera-Vásquez (1998), la literatura fronteriza contemporánea —la de tema fronterizo y la de autores fronterizos —, también ha construido diferentes “geografías imaginarias” de la frontera México-EE.UU. Lo interesante está en que aparentemente estas “geografías” varían según la situación de los escritores allende o aquende la frontera, reflejando obviamente la diversidad de las experiencias vividas. Apoyándonos libremente en este estudio, podemos contrastar grosso modo dos tipos de visiones de la frontera representadas en estas “geografías imaginarias”: por un lado la que percibe la frontera bajo las metáforas de puente y puerta de entrada, o también como espacio poroso y transicional (como sería el caso de la visión chicana de la frontera, vívidamente representada por autores como Gloria Anzaldúa); y por otro la que la percibe principalmente como barrera, límite o línea de demarcación entre dos realidades diferentes: la mexicana y la norteamericana, y, por extensión, la latinoamericana y la norteamericana. Tal sería la visión sugerida por la obra de autores como Luis Spota (Murieron a mitad del río), Miguel Méndez, Sergio Gómez Montero, Víctor Zúñiga, y Luis Humberto Crosthwaite, entre muchos otros.

Lo que se encuentra detrás de estas “visiones” es la realidad dual de la frontera como línea a la vez de separación y de contacto, como frontera cerrada y a la vez abierta. En efecto, la frontera es a la vez barrera para el flujo humano de trabajadores migrantes y espacio poroso para el flujo de mercancías y de capital; franja de resistencia a la asimilación cultural y área de intensas transacciones de carácter instrumental derivadas de intereses y ventajas recíprocas, sin que ello implique una alteración substancial de las identidades en contacto; polo de atracción para los buscadores del “sueño americano”, y de repulsión para los que sufren o condenan la violencia cotidiana que se le asocia.

Esta ambigüedad de la frontera norte tiene una explicación: es la más larga frontera existente entre el subdesarrollo y el desarrollo, entre la pobreza y la opulencia, entre la modernidad globalizada e hipertecnificada del centro y la modernidad subalterna y precaria de la periferia.

Junio de 2006

 

* Investigador titular del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

1 Algunos autores han estudiado la génesis histórica del largo proceso de apropiación del espacio, siguiendo el lento movimiento del hombre de la comunidad tradicional a la ciudad-Estado, y de ésta a los modernos estados-naciones (Fremont, 1976; Fossaert, 1983: 93).

2 Un geosímbolo se define como “un lugar, una extensión o un accidente geográfico que por razones políticas, religiosas o culturales revisten a los ojos de ciertos pueblos o grupos sociales una dimensión simbólica que alimenta y conforta su identidad” (Bonnemaison, 1981: 256).

3 Así lo demuestran, por ejemplo, las medidas de militarización de la frontera por parte del gobierno norteamericano y el proyecto de construir un muro a lo largo de la misma. Ya en 1994 el Estado de California había aprobado la famosa ley 187, que limita drásticamente los derechos de los trabajadores inmigrados en ese Estado. Estas y otras medidas, cada vez más drásticas, por parte del gobierno norteamericano han provocado una gran reacción de repudio no sólo entre los mexicanos de este lado, sino también entre los del otro lado de la frontera, como lo demuestran las gigantescas manifestaciones realizadas por los trabajadores emigrados en meses recientes.

4 Latin American Issues, Number 14, 1998, p. iii.

5 Esta tendencia a la “diasporización” de las migraciones internacionales puede observarse tanto entre los migrantes mexicanos o hispanos en los Estados Unidos, como entre los árabes maghrebíes en Francia, y entre los polacos y turcos en Alemania. Refiriéndose al caso de alemania, Albrecht cita una encuesta de 1991 cuyos resultados podrían extrapolarse con toda verosimilitud a la situación que presentan nuestros propios trabajadores emigrados a los Estados Unidos: “Mientras aproximadamente la mitad de los inmigrantes entre los 18 y los 24 años expresan el deseo de establecerse definitivamente en Alemania, la gran mayoría de ellos (73 %) se siente ligada a la cultura de su país de origen y rechaza una “identidad alemana” (Siefert, 1991: 40, en Albrecht, 1997:56). Por eso en la sociología de las migraciones la problemática se ha desplazado de la asimilación, que era todavía el tema dominante hasta hace muy poco, a la transnacionalización o diasporización de las culturas y de las identidades locales. Según Jonathan Friedman (2003), la diasporización debe entenderse como “el conjunto de prácticas por las que la identificación con una madre patria constituye la base para la organización de actividades culturales, económicas y sociales que transgreden las fronteras nacionales” (p. 9).

6 Los norteamericanos dicen irónicamente que Los Ángeles, además de ser la mayor ciudad de California, es también la segunda ciudad mexicana después de la ciudad de México.

7 Esta investigación forma parte de un proyecto internacional más amplio, titulado Imaginarios latinoamericanos, dirigido por Denise Jodelet.

 

Autores citados

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